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domingo, 16 de junio de 2019

La Tormenta






La luz crepuscular se fue adueñando del cielo, como si cerrase los parpados de frío, negándose a ver lo que sucedería. Aun así, el osado e intrépido capitán escudriñaba el horizonte henchido de orgullo, desafiando a la oscuridad, al diablo y a la muerte. Había navegado surcando los siete mares con su Princesa, un hermoso galeón de cuarenta metros de eslora, desde hacía años.

Filipinas, India, Chile, Perú, no había huracán en el vasto océano que estremeciese al navío. Su confianza era tal, que la proa cortaba las olas atravesándolas como si fuese una espada hundiéndose en la carne del enemigo. El capitán despreciaba la tierra, se sentía invencible, dueño del mundo y a su vez libre de todo. No deseaba nada, navegar era lo único que hacía de esta vida algo por lo que seguir luchando.      

El mar estaba de su parte, ¿quién se hubiese atrevido a desviar el rumbo del anciano y testarudo capitán que recupera la juventud en su mirada, acariciando la madera, sosteniendo el timón con firmeza, corriendo la espuma y la sal por sus venas? ¿Por qué nadie escribió sobre ellos?

A bordo de aquella majestuosa nave, el capitán había descubierto los rincones más bellos del planeta, los amaneceres más dulces y los atardeceres más apasionados. Pero una tarde llena de inquietud, el ocaso se deslizó en la penumbra y desató una lágrima amarga. El capitán aferrándose a su Princesa miró a los cielos, las nubes se retorcían sobre ellos, grises y negras, como si estuviesen cargadas de ira. Se hizo el silencio, no se escuchó ni el murmullo del oleaje, ni el graznido de las gaviotas. De pronto, la lluvia se precipitó sobre ellos como un enjambre de flechas, el viento embistió con toda su furia y el mar intentó devorarlos.

El capitán contemplaba confuso aquellas olas monstruosas que se alzaban echando espuma por la boca y trataban de hacer añicos lo que más amaba. Sus manos cuarteadas por las inclemencias del tiempo se aferraban al timón con todas sus fuerzas, como si al soltarlo pudiese perderla para siempre. Apenas lograba abrir un resquicio de ojos enrojecidos por la angustia y la sal. La fuerza del océano era tal, que aquel timón que en tantas ocasiones le había guiado, dejó de responder, era ingobernable, estaba perdido.

¡¡¡BROOOM!!!

Un golpe seco le hizo casi caer por la borda desde la encastillada popa. Se quedó inmóvil, tendido sobre cubierta, abandonando cualquier atisbo de esperanza. Sin duda Dios le castigaba, ¿quién osaba sentirse invencible ante Él? La rabia y la desesperación lo dejaron extenuado, y una lágrima, que no pudo apreciarse entre la lluvia infinita, resbaló sobre su mejilla.

Despertó, algo conmocionado pero con fuerzas suficientes para lograr levantarse. La tormenta había cesado y el cielo clareaba despacio. Princesa había encallado contra un arrecife, pero seguía a flote. El capitán tragó saliva con dificultad, tratando comprender por qué seguía vivo. Por primera vez en muchísimos años sintió la soledad más oscura, se pasó las agrietadas manos por un rostro desencajado que no reconoció. ¿Dónde estoy? se preguntó. Buscando en sí mismo al bravo capitán que se había disipado junto con la tormenta.

Recordó aquellos días en los que navegaba persiguiendo amaneceres, en los que la quilla arañaba la curvatura como el amante desenfrenado, dejando tras de sí una estela de imposibles. La recordó con nostalgia, con la gratitud de quien te ofrece una vida, y la rabia de quien te la arrebata.     

La pleamar y una suave brisa, ayudaron a Princesa a salir de los incisivos del arrecife. El navío se enderezó y reanudó la marcha rumbo al Sur. Pero el capitán titubeó, miró con desconfianza a babor y estribor, clavó sus ojos en el cielo preguntándose:

¿Resistirá la travesía?
¿Volverá a por mí?
¿Podremos soportar una nueva tormenta, o esta vez acabaré en las profundidades?

Eran preguntas sin respuesta. Sólo el océano conoce qué está por llegar.

La mano del capitán asió de nuevo el timón, con la firmeza del que está dispuesto a morir en combate. Sintió aquella madera desgastada y sin barniz, y dejándose llevar por la inconsciencia de un enamorado, clavó su mirada en el horizonte.     




SANTIAGO DE HEVIA

jueves, 25 de octubre de 2018

Convite celestial


El siguiente relato no está inspirado en documentos históricos, ni respaldado por la comunidad de teólogos científicos expertos en la materia. Por ello, asumo la responsabilidad total de lo que va a suceder a continuación en mi imaginación. Pido disculpas de antemano por si mi relato llega a herir la sensibilidad religiosa de los aquí presentes. Nada más lejos de mi intención, que no es otra que soñar con las palabras. Deseo lo disfruten.







~ ¿Esto lleva cilantro? Preguntó Cristo escupiendo lo que llevaba en la boca
~ Todos los momos se preparan con cilantro, Jesús. Apuntó Krishna
~ Tío, sabes que detesto el cilantro. Renegó Cristo
~ Pues no haberlo creado. Agregó Makemake con una mueca
~ Yo no lo he creado, listo.
~ Pues yo he probado momos sin cilantro. Puntualizó Mahoma
~ Esos son los de carne. Intervino Shiva
~ ¿Carne? Preguntó Mahoma
~ Qué más da, siempre estáis igual, si no te gusta no te lo comas. Dijo Artemisa algo ofuscada
~ En serio, ¿qué carne? Volvió a preguntar Mahoma preocupado
~ Pues a mí me gusta. Dijo Buda mientras cogía otro
~ A ti, ¿qué no te gusta? Le espetó Isis
~ Anda, prueba esto. Le ofreció Quetzalcóatl
~ ¿Qué es eso? Preguntó extrañado Cristo
~ Se llama Tamal.
~ No, a mí no me deis cosas raras. Dijo Jesús rechazando el ofrecimiento
~ ¿Qué defines por raro? Dijo Isis lanzando una de sus muchas preguntas retóricas, en ocasiones algo pesadas
~ ¿La hoja también se come? Preguntó Buda
~ No, la hoja no, sólo lo de dentro. Aclaró Quetzalcóatl
~ ¿Ibas a comerte la hoja? Dijo sorprendida Artemisa que no salía de su asombro
~ No sé, igual es como el sushi. Se defendió Buda
~ Eso no es para nada como el sushi, ¿vale? Intervino Isis
~ Shiva, ¿tú que has traído? Dijo de pronto Makemake
~ No sabía que había que traer algo. Respondió
~ ¿Habéis probado mi moussaka? Está exquisita, es mi especialidad. Apuntó Artemisa
~ ¿Esa es tu especialidad?  De nuevo Isis
~ Si lo sé… os transformo el vino en agua. Dijo Cristo algo irritado
~ Por mí no te cortes. Reprochó Mahoma
~ Tengamos la fiesta en paz, chicos. Trató de tranquilizar Artemisa. Vamos a disfrutar de…
Antes de que pudiese terminar, dijo Isis al oído de Makemake
~ ¿Dónde era la fiesta?


El banquete en una mesa blanca y ovalada, ofrecía manjares de todos los rincones del mundo, aunque el cilantro fuese el ingrediente estrella y a Shiva se le hubiese olvidado traer siquiera el naan, nadie se quedaría con hambre. De todos modos, el motivo de tal encuentro no era una simple degustación internacional, sino un asunto peliagudo, extremadamente complejo, que requería la presencia y la intervención de nuestros divinos invitados… el ser humano se estaba volviendo loco.


~ Yo no pienso volver a bajar. Sentenció Cristo
~ La cosa no acabó bien. Puntualizó Isis
~ Algo tendremos que hacer. Intervino Krishna
~ Debería ir Makemake, que ya va siendo hora. Propuso Mahoma
~ De ese yo no me fio, que siempre acaba misteriosamente en su isla poniéndose negro. Objetó Shiva
~ Es para impresionar a Mama Cocha. Agregó Isis
~ Yo puedo ir amigos, el mundo necesita amor y paz.
~ El mundo no necesita más hippies, Buda, necesita cordura. Esta vez habló Artemisa
~ Baje el que baje van a acabar haciendo lo que les da la gana, como siempre. Intervino Quetzalcóatl
~ Esa es la actitud, a eso lo llamo yo ser positivo. Ironizó Isis
~ ¿Y si hacemos uno nuevo? Propuso Makemake
~ ¿Uno nuevo?, ¿un nuevo planeta? Válgame Dios. Suspiró Artemisa
~ ¡DIME! Respondieron al unísono
~ ¿Y por qué no bajamos todos de golpe? Sugirió Cristo
~ Esos son capaces de lincharnos a todos a golpes. Comentó Quetzalcóatl
~ O peor, encerrarnos a todos en un reality suyo de esos. Dijo Krishna
~ Jesús, ¿por qué no envías otra vez la paloma? Propuso Isis con una sonrisa diabólica
~ Cómo te pasas, tía. Cortó Afrodita
~ Las catástrofes naturales ya no surten efecto. Intervino Quetzalcóatl
~ Que daño nos ha hecho el cine americano. Añadió
~ Yo a veces me planteo si no son reales, si sólo son una ilusión. No es posible que después de tantos años sigan a la suya. Se sinceró Shiva

Hubo un breve silencio

~ ¿En qué momento se nos fue de las manos?  Preguntó Krishna
~ Su problema es que creen que no van a morir. Señaló Quetzalcóatl
~ Son unos desagradecidos. Corrigió Isis malhumorada
~ Serían más felices si lo supieran. Prosiguió Quetzalcóatl
~ ¡Tengo una idea! Dijo de pronto Mahoma

Todos aguardaron

~ Podríamos decirles el día de su muerte. Propuso
~ Lo que yo decía. Puntualizó Quetzalcóatl
~ La gente haría lo que realmente quiere hacer, aprovecharían cada segundo. Continuó Mahoma sin prestarle atención
~ ¿Soy yo o no suena del todo descabellado? Contempló Artemisa
~ Éste, desde que come carne está de un ingenioso. Comentó Isis
~ ¿Y quién se lo dice?  Preguntó Krishna
~ ¿La paloma? Apuntó Isis
 ~ Déjame tranquila la paloma. Rechazó Cristo
~ Lo siento, yo veo lagunas. Objetó Shiva
~ Si se lo decimos, vivir va a perder toda la gracia. Prosiguió
~ Yo, si sé que voy a morir dentro de 30 años, saltaría a un volcán en erupción. Expuso Makemake
~ ¿Por qué quieres saltar al interior de un volcán? Inquirió Artemisa preocupada
~ No quiero, digo que si fuera humano… da igual.
~ Es que por eso decidimos crear el día y la noche, para que fueran conscientes que los días se acaban. Comentó Quetzalcóatl
~ Para lo que ha servido… Intervino Isis
 ~ Yo conozco sitios donde los días duran meses. Agregó Buda
~ ¿Entonces? Preguntó Krishna
~ Hagamos lo que hagamos no les va a parecer bien. Dijo Makemake
~ ¿Y qué propones, no hacer nada? Increpó Artemisa
~ Podemos esperar, y ver hasta dónde son capaces de llegar. Propuso Shiva
~ Se autodestruirán. Auguró Quetzalcóatl
~ Puede. Dijo Shiva. Pero eso es libertad.
~ Quiero proponer un brindis. Levantó Cristo su grial.
~ Por la libertad de esos locos Dijo
~ A imagen y semejanza. Se escuchó de fondo
~ Da mala suerte brindar con agua. Insinuó Isis mirando la copa de Mahoma
~ ¡POR LA LIBERTAD DE ESOS LOCOS! Brindaron todos


Y siguieron comiendo, bebiendo y riendo. Disfrutando de aquellos exquisitos manjares que habían preparado, sin preocuparse por lo que pudiese pasar mañana. Mañana será otro día. Aquellos dioses sabios, atractivos y justos, por suerte no eran perfectos.
Sino… ¿qué sentido tendría?


SANTIAGO DE HEVIA


lunes, 1 de octubre de 2018

Ciudad Esperanza






Más allá del aeropuerto, se esconde 
a la sombra de rascacielos fríos y azules,
una ciudad fantasma con almas desesperadas
 que perdieron su piel y sus huesos,
que desaparecieron de la luz.

Nadie ve su rostro, nadie escucha su voz,
nadie pronuncia su nombre.
Son hijos de historias abrumadoras,
azotados por la vida en cada parpadeo.
Languidecen de olvido inmersos en el viento
como cometas encallados entre nubes.

No obstante, una noche persiguiendo una rosa
me topé con las puertas oxidadas de la ciudad,
y una ligera brisa me arrastró dentro.
   
No encontré árboles de ceniza, espantapájaros
ni cuervos azabache esperando su carroña.
No encontré telarañas, densa bruma,
ni una risa espeluznante en cada esquina,
sino jardines de ensueño de una belleza frágil
que tirita como el reflejo del sol sobre el océano.

La ciudad, habitada por artistas, cuentacuentos,
e ilusionistas de un ingenio ajeno a este siglo,
vive sin tiempo, donde todo sucede en un suspiro
y permanece inmutable en la eternidad.

Vinieron a mi encuentro; hombres grandes,
hombres pequeños, hombres de mirada penetrante,
hombres abatidos, hombres de larga barba,
hombres negros, azules y rojos.
Pero todos, hombres buenos,
de corazones aterciopelados y magullados.

Pronunciaron mi nombre y pude perderme en la profundidad de sus ojos,
pude experimentar historias imposibles, grandes leyendas que nadie escribirá.
Y me vi tan pequeño, que la felicidad no cabía en mí.
No por sentirme pequeño, sino por descubrir que la grandeza
se encuentra en lo más sencillo.



SANTIAGO DE HEVIA




lunes, 11 de mayo de 2015

Aprendiendo a vivir





No hay mayor verdad que la que escuchas en el viento. Susurros que te trasladan a otros lugares, nuevos besos y nuevas paradas de autobús.

Y así crecí, callejeando despistado por mentiras cargadas de verdades. Mientras las lecciones del profesor y los sermones del párroco los domingos se disipaban como el eco que se aleja hacia el silencio, yo di mis primeros pasos con cantares, aprendiendo a soñar con un ojalá y recordando tus ojos de gata en el rompeolas que rompía nuestros cuerpos. Rabioso de celos de mi guitarra, fui sumiso cada vez que tú me estabas atrapando otra vez, y un diablo con el corazón tendido al sol que aguardaba temblando a robarte. Atarme las botas fue sencillo cuando supe que mi única salida sólo podía ser la huida, y no dudaría en perderme de nuevo en la carretera que lleva a morirme contigo.      

Mis primeras palabras fueron todos sus versos, mis aventuras sus melodías, y mi primer amor era una nueva en cada canción. Por eso, aunque hice esfuerzos sobrehumanos, no pude recordar los reyes godos, la geografía o las tablas de multiplicar, los libros ardían como cuchillos y las pizarras volaban como bandadas de gorriones atados, pues en ese momento mi mente tocaba la canción más hermosa del mundo.

Sus letras fueron modelando mi alma, mi propia voz y mis palabras. Y guiado por sus voces que enmudecían al mundo cuando más gritaba, me reconocí reviviendo cada historia. Con ellos aprendí a respirar aromas de ciudad, a reír por todo y a llorar por nada, a desgastarme los labios a besos, a olvidar sin dejar de recordarte, a robarle la suerte a la muerte, a bailar en los acantilados, a volar entre las sábanas, a sentirlo todo con una mirada, a gritar, a correr, a escribirte que con ellos...aprendí a vivir.


dedicado a mis Maestros sin título ni vocación, que nunca conocí.      





Santiago de Hevia

domingo, 19 de abril de 2015

violentamente dulce




Sólo me hace falta una mirada para desnudarte, sin palabras, sin sueños, sin recuerdos. Una mirada directa y profunda, que intimide y te haga sentir acorralada, invadida por la sensación de que existe un abismo tras nosotros. Y a milímetros de ti se expande el universo reducido a deseo. No hay más elección que la vida o la muerte, Sentir forzando los límites de nuestra existencia.

Te ansío con tanto ímpetu, que el término ley, mandamiento o moral carece de sentido. Has despertado lo más salvaje y lo más auténtico que hay en mí, mi verdadero yo, sin apellidos, ni etiquetas, ni creencias. Un ser libre donde mi único sentido en la vida es hacerte mía en este preciso momento hasta morir.

Te miro como quien mira el océano por primera vez, fascinado por su violenta belleza, dispuesto a poseerte sin fondo. Y deteniéndome unos segundos para admirarte sin rozarte, robo el aliento que despierta mi locura. Puedo escuchar tus latidos, los veo palpitar en la carótida con un ritmo cada vez más acelerado. Presientes que está a punto de suceder, como la calma vaticina la tempestad.

Tu pelo suelto resbalando como el velamen de un navío hasta los hombros del pecado, más allá tus brazos, delicados pero firmes, tu vestido contoneándose y jugando en cada pliegue con mi cordura, tus piernas más sinceras que la palabra Verdad y más hermosas que cualquier idioma o pensamiento.

Estás tan cerca que ya puedo saborearte, tus ojos se llenan de miedo y queriendo descubrir despiertan a la vida, y tus labios se entreabren invitándome a probar del fruto más dulce y más prohibido que nunca.

Sin duda este instante se convierte en el momento más perfecto de toda la creación, porque sentirte sin tenerte aumenta mi deseo en todas sus dimensiones, pero mi sed de ti no tiene límites para saciarse. Aparto el pelo de tus ojos, y la piel de mis dedos entra en contacto con una mejilla sonrojada que arde como la brasa de una hoguera, y comprendo que no hay vuelta atrás.

Como un lobo se lanzaría contra su presa, me abalanzaría sobre ti dispuesto a devorar cada beso de tus labios. Arrinconándote para que no haya más salida que dejarse llevar por el deseo, y el nuestro sería tal, que nuestros besos se volverían mordiscos, y sangre nuestra saliva. Sin que importen el mañana o el ayer, rasgaría nuestros miedos y dudas, y sin nada que esconder me sumergiría embriagado por el aroma que desprende tu piel, intentando tragarme todo tu cuerpo, toda tu alma, todo tu ser.

Pero esta noche la delicadeza y la decencia no estarán invitadas, donde apenas el amor se confunde con el dolor, en una desenfrenada pérdida de control trataremos de rompernos por fuera, de despellejarnos la piel para poder llegar más dentro de nosotros mismos. Nos arrollaremos con la fuerza de las olas que azotan el espigón. Y buscando complacer cada poro, cada recoveco de tu piel, me perderé en toda tu superficie, surcando toda tu curvatura haré que mis labios te estremezcan, mientras tú arrancas las estrellas del firmamento.

El sudor se precipita como una lluvia tropical, haciéndote más hermosa todavía, los músculos se contraen intentando escapar por las heridas para abrazarse, y cuando los gritos hayan roto los cristales del edificio, volaremos por la ventana lejos de aquí, quizá a otro planeta, quizá a otra playa, quizá a cuando nos volvamos a mirar.  



Ahora duermes con la sensación de haber salvado tu vida de este mundo, y al mundo de la muerte. Y en parte lo has hecho.


Santiago de Hevia

domingo, 18 de enero de 2015

La calle del olvido



Es la calle más triste de toda la ciudad, llena de zapaterías y canciones rotas. Por eso escogió ese rincón, como hace todo hombre que se precie, para olvidar. Para guarecerse de miradas y sonrisas, para morir lentamente sin recuerdos, un lugar donde a cualquier hora del día encuentre sombra, silencio y frío. Su reloj se detuvo cuando sucedió, su corazón dejó de latir, su alma se apagó, y ahora sobrevive sin vida, sin palabras ni sueños. Y con la pena inundando cada bocanada de aire, cada pensamiento, partió hacia ninguna parte.

Caminó hasta caer por derribo, con los ojos ya vacíos de lágrimas y con la nostalgia de haber tenido todo y haber amado tanto. La soledad sin uno mismo es despiadada, y devoró lo poco que quedaba de él. Y respirando casi por casualidad, su cuerpo se fue alimentando de monedas que caen despistadas de fantasmas sin tiempo ni voz. Inadvertido se fue consumiendo como la vela de un sagrario, y aunque ya no podía perder nada, cada noche tiritaba de miedo, donde hasta las frágiles estrellas y la suave brisa lo despellejaban dejando sólo su aliento quebrado.
Hoy hace ya tres años de eso.

Ahora le vemos todos los días sentado en el mismo rincón de siempre, con el pelo oxidado y la sonrisa despeinada. Pero hay algo diferente, como si el aire se pudiese respirar. El abismo de su mirada se ha estrechado, quizá la herida se esté cicatrizando, y aunque el olvido le arrancó de cuajo el presente, siempre hay recovecos para nuevos recuerdos, nuevos amaneceres. Una joven con aspecto de paloma y experta en caminar, ahora cruza cada día por la calle más triste de toda la ciudad dejando una estela de espejismos, de jóvenes ilusiones aprendiendo a volar. Y cada día él soñará con verla, bailando sobre la acera con el vestido de colores a juego con el brillo de sus ojos. Le desnudará las manos y las abrazará con sus labios como si fuese la única forma de sobrevivir. Y recuperando las lágrimas que había perdido, llorará por ella, agradecido por poder volver a sentir.   

De cada periódico emergerán versos, de cada cartón historias de amor, y del reflejo de una mirada que se cruza, un incendio capaz de abrasar vivo a cualquiera.   



Santiago de Hevia

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Deseo




Como cuando el viejo renuncia la mar y la orilla las olas, tímido y desafiante, que es capaz de darlo todo por un sentimiento, de matar por un ojalá, así me desprendo de mi corona de rey y mis ropajes de mendigo, del perfume, el barro, y mis ansias de libertad. Como el barco hundido del pirata, un faro fundido en la niebla, un otoño sin viento ni melancolía, lo dejaría todo, dejándome arrastrar desnudo por la aurora boreal, por el canto de las sirenas. Pongo en venta mis recuerdos, mis deseos fugaces clavados en estrellas, todos mis pecados mortales, por un solo roce de tus labios. No hay tesoro enterrado, ni conocimientos desvelados, ni juventud eterna que me pueda iluminar más que tu sonrisa.

Y tiemblo soñándote, porque me das vida como a una rosa da sangre el ruiseñor, porque por tu boca incendiaría Roma, porque sin ti no habría versos sino palabras enjauladas en papel. Y abandonaría los refugios para ahogarme bajo la lluvia, sin cuerdas en mi guitarra, sin cimas conquistadas ni batallas ganadas, olvidando quién lleva mis botas por sentir tu latido, por respirar con tu aliento y erizar la curvatura de mi alma. Renuncio al mañana, a las miradas, a los billetes de tren, a los sabores del destino, a sentidos desprotegidos. No quiero más huidas, ni árboles de baile, ni frío en la nieve, ni arco iris de color. No quiero silencios que dicen todo, caminos que recorrer, ceros en mi cuenta, velas por soplar, lágrimas ni mil coronas de nomeolvides. Róbame cada aventura, cada cicatriz, cada huella que me persigue, y déjame sin mi pero con mi deseo. Como cromos te lo cambio todo por todo, porque el valor de todo no es proporcional al ser, sino a lo que necesitamos.
    
Siento el deseo de melodías hechas cenizas por un compositor incendiado, de sombras de cipreses que acarician tus huesos sin poderte tocar, de Pigmalión abrazado a su fría amada, del poeta sin rima ni sentido común, del niño que se pierde entre la multitud. Así de necesario es mi deseo, como si diese sentido a todo cuando nada tiene sentido, como si la única realidad fuera ese sueño. Poder oler tus besos como quien respira por última vez, queriendo atrapar toda una vida en tan sólo una bocanada, toda tú en un instante, sin palabras, sin miedos, sin espacio ni tiempo. Embriágame con tu saliva como si fuese rocío en la madrugada menos fría y más hermosa, y olvidándome de todo lo que he sido y he perseguido, me entrego a esos labios, a ese beso, descansando en paz con el convencimiento de que la locura siempre ganará a la sensatez.

No hay más arte que el deseo de desearte, de desear el beso que me desgaste los labios y me deje sin sentido. Y cerrando los ojos como el músico apasionado que pone alma en cada nota, me aferro fuerte con los pies al suelo, y a un centímetro del cielo y un infinito de ti, te pido.     


Coge mi mano un instante, ven, acércate…
despacio.
No pienses,
¿también lo sientes?…
es el vacío sin ti.
Ya no se oye nada…
sólo existimos en nosotros…
y yo ya dejé de existir…
en mí sólo existe deseo

deseo de ti. 




Santiago de Hevia


viernes, 28 de noviembre de 2014

más que palabras



Estuvo sentado en la playa todo el día. Pasaban las horas, los aviones, las olas, y él seguía sin comprender por qué permanecía aquí. Era un día de esos en los que necesitas pensar y no puedes pensar nada, como cuando intentas olvidarla y a cada rato te recuerdas que la tienes que olvidar, o como cuando te haces las mismas promesas cada año nuevo. La incertidumbre y el tiempo siempre han sido buenos amigos. Él sentía nostalgia por un mundo al que no pertenecía, un mundo que era terriblemente hermoso, un mundo de poemas y libros donde su espíritu se refugiaba en cada página y en cada verso.

Cada noche vivía un nuevo cuento, se dejaba llevar por la magia de las palabras, y su mente podía enamorarse de aquel sueño. Los personajes eran tan perfectos que las personas parecían espectros sin alma, como quien ve por la calle millones de golondrinas emigrar al norte. Los árboles eran más verdes, el agua más clara, los besos más sinceros, el cielo más azul. No había nada que pudiese superarse a la imaginación. Como por la calle necesitas pisar realmente el suelo, según dicen, había encontrado la forma de evadirse a través de canciones, historias acompañadas por melodías apasionadas que la acarician y las hacen jodidamente perfectas.

El problema aparecía cuando cerraba el capítulo y se enfrentaba con su yo físico, era incapaz de entender qué estaba sucediendo a su alrededor, los telediarios le asustaban, las miradas en las aceras se llenaban de odio, los charcos habían perdido su reflejo. No se reconocía parte de ese mundo, estaba perdido, se sentía un intruso que finge para no ser descubierto. Pero en el fondo de su corazón él sabía la verdad, no había nada en la vida que consiguiera despertar su interés. La televisión le resultaba repulsiva, tantos muñecos aparentando y mancillando la condición humana. Las mujeres jugando a un juego de intereses le parecían previsibles. Las discotecas infestadas de cristales rotos, vómitos y lágrimas, le producían vértigo. Mientras su cuerpo huía de sombras que creen haber perdido su dignidad, su mente sólo podía pensar en volver para empezar el siguiente capítulo. Y mas que una adicción, se convirtió en pura supervivencia.

Quizá no sólo le fascinaba la vida que transcurre en las historias, quizá era la falta de vida lo que le hacía escapar a un mundo de ideas. Quizá vivir el sueño era más interesante que lo que el mundo podía ofrecerle. Como cuando sientes frío piensas en calor, quizá había tanta soledad en el mundo que sólo podía sentirse comprendido entre las páginas de su vida. Y el muchacho sentado en la playa, mientras pasaban las horas, los aviones, y las olas, siguió sin comprender por qué permanecía aquí. 
 

Santiago de Hevia



viernes, 10 de octubre de 2014

Sin Frenos


El reloj del amanecer me muerde de frío y me despierto sobresaltado con el disparo de esta carrera sin sentido. Pero hoy no quiero correr, no quiero luchar para llegar primero, no soporto las medallas ni los aplausos, he comprendido que la soledad en la meta es mucho más grande, que nadie te espera al final del camino y descubres que todas las miradas en realidad no son mas que un simple decorado. Ahora me tumbaría al sol, o a la sombra, no me importa, pero quiero quedarme mirando al cielo y sentir la tierra y al universo girar, no quiero tener miedo de mis recuerdos, quiero sonreír, creer en la esperanza de que todo puede cambiar, y dejar atrás al río de gente fluyendo, a los semáforos y a los ecos urgentes.
 
Dicen que nada se detiene, que la vida no te espera, pero yo creo que somos nosotros los que no la esperamos a ella, vamos tan ciegos persiguiendo nuestras propias sombras que hemos olvidado mirar a nuestro alrededor, perdiéndonos que lo hermoso en la vida no es hallar una respuesta sino formular la pregunta. Estoy cansado de sentir que ya está mi día programado, de que el horario me diga cuando puedo beber, cuando puedo follar o cuando soñar, de calendarios que no les importa si ayer será igual que mañana. No entiendo como dejamos de vivir nuestras vidas para seguir la de otros, ¿Desde cuando los atardeceres son más bellos vistos a través de una pantalla? ¿Cuándo aprendimos a llorar por películas que fingen historias de amor, y en cambio el orgullo nos invade cuando amamos a alguien de verdad?
 
La vorágine de ruido en la que estamos inmersos me produce nauseas, como si mil máquinas de construcción estuviesen intentando fabricar productos iguales sin descanso, sin alma. Necesito vomitar toda la mierda que me han metido, todas las ideas, todas las creencias, todas las promesas rotas, vaciarme de todo recuerdo y beber un litro de agua bien fría. Quiero sentarme y ver el autobús nº 3 pasar quince veces, que la ciudad cuelgue el cartel de cerrado por derribo, y que las estaciones me desgasten los huesos. No quiero besos de buenas noches, esperar a mañana o pintar mi futuro con los colores de la sensatez. Quiero olvidarme del tiempo, darte mi aliento esta noche hasta morir, y que la cometa se escape por las nubes y no regrese, quiero ver a la semilla hacerse árbol, a ti niña hacerte mujer, y no cubrirle mas horizontes a mis ojos.
 
Voy a saltar de este tren sin frenos, y mientras lo veo alejarse la brisa me arrancará una sonrisa, y el silencio cien lágrimas de felicidad. Que hermoso se vuelve todo cuando sabes frenar y contemplas el misterio de la vida, embriagándote de amnesia de anuncios, de cánones, y de lo que te ha intentado definir diciéndote quién eres o cómo debes ser. Que hermoso y sencillo cuando se disipa todo ese ruido, todos esos gritos, y consigues escuchar a la tierra respirar, cuando logras ser parte de ella, cuando la pasión es tu pecado y tu salvación, y tu única guía son las estrellas del camino y las olas del mar. 
 
SANTIAGO DE HEVIA